El primer juego del escondite

Este cuento es muy bonito y me gustaría compartirlo por aquí. Espero que te guste tanto como a mí y poder relatarlo, que siempre es mejor oírlo que leerlo 🙂

“El primer cuento del escondite”

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura, como siempre loca, les propuso:

– ¿Jugamos al escondite?

La intriga levantó la ceja intrigada, y la curiosidad sin poder contenerse, preguntó:

– ¿Al escondite?, ¿y cómo es eso?

Es un juego -explicó la locura- en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras os escondeís y, cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego.

El entusiasmo bailó secundado por la euforia, la alegría dio tantos saltos, que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar. La verdad prefirió no esconderse.

¿Para qué? Si al final siempre la hallaban. La soberbia opinó que era un juego muy tonto; en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiera sido suya.

Uno, dos, tres,… comenzó a contar la locura.

La primera en esconderse fue la pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino.

La fe subió al cielo y la envidia decidió esconderse tras la sombra del triunfo que, con su propio esfuerzo, había logrado subir a la copa del árbol más alto.

La generosidad casi no alcanzaba a esconderse. Cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: que si un lago cristalino, ideal para la belleza; que si una rendija de un árbol, perfecto para la timidez; que si el vuelo de una mariposa, lo mejor para la voluptuosidad; que si una ráfaga de viento, magnífico para la libertad; así que terminó por ocultarse en un rayito de sol.

El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio: ventilado, cómodo,…; pero, eso sí, solo, solo para él.

La mentira se escondió en el fondo de los océanos…: ¡mentira!, en realidad se escondió detrás del Arco Iris.

Y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes.

El olvido, ¡ay!, se me olvidó donde se escondió, pero eso no es lo importante.

Cuando la locura contaba 999.999, el amor aún no había encontrado sitio para esconderse pues todo se encontraba ocupado; hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

¡Un millón!, contó la locura, y empezó a buscar.

La primera en aparecer fue la pereza, sólo a tres pasos de la piedra. Después escuchó a la fe, que, desde el cielo, aparecía como la voz de la conciencia. Y a la pasión y al deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido, encontró a la envidia y, claro, pudo deducir dónde se encontraba el triunfo. Al egoísmo no tuvo que ni buscarlo, él solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed, y al acercarse al lago descubrió la belleza. Y con la duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca, sin decidir todavía en qué lado esconderse.

Así fue encontrado a todos: el talento, entre la hierba fresca; la angustia en una oscura cueva; la mentira tras el arco iris; y hasta al olvido, al que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero sólo el amor, sólo el amor, no aparecía por ningún sitio. La locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas,…

Y, cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal y sus rosas y, tomando una horquilla, comenzó a mover las ramas cuando, de pronto, un doloroso grito se escuchó: las espinas habían herido los ojos del amor.

La locura no sabía qué hacer para disculparse: lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo a partir de entonces.

Desde que, por primera vez, se jugó al escondite en la tierra, el amor es ciego y la locura siempre, siempre, lo acompaña.

 

“La vida en sí es el más maravilloso cuento de hadas.” Hans Christian Andersen


Fuente: http://bit.ly/1sVetJq / http://bit.ly/1uBcXQX

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La pereza (II parte)

Tal y como dije en el anterior post  voy a publicar diversas anécdotas que he ido encontrando por ahí. Hay algunas que, a mi parecer, son algo exageradas o quizá inventadas. No sé. Juzga por ti mism@.

He aquí algunas de las cosas más perezosas que he visto:

“Llamé al restaurante en el que estaba para que mandaran al camarero de vuelta a mi mesa.”

“Yo tengo un perro y un gato y odio dormir con  la puerta de  mi habitación abierta. A veces, mi perro quiere dormir en la habitación y otras veces quiere dormir fuera. Pero nunca se decide hasta que yo estoy cómodamente en mi cama. ¿Solución? Dejo un puntero láser en mi mesita de noche. Una vez el perro ha decidido donde quiere dormir, enciendo el puntero láser y apunto hacia la puerta, para que así mi gato la empuje con la pata y se cierre. Esto se ha convertido en rutina y ahora mi gato siempre espera al lado de la puerta a que yo la apunte con el puntero láser antes de dormirse.”

“Disparé 10 veces con mi pistola de dardos al interruptor de la luz para apagarla. Fallé todos los tiros y dormí con la luz encendida.”

“Descargué la película en vez de ir al piso de arriba a buscar el DVD de esa película.”

“Fui a clase y me encontré con que las escaleras mecánicas que llevan hasta el tercer piso estaban estropeadas. Volví a casa.”

“Esto no lo hice yo, pero un amigo me contó que un día estaba tumbado en su casam, se metiço el dedo en la nariz y se sacó un moco. Como no tenía donde dejarlo, se lo volvió a meter en la nariz.”

“Traté de avanzar hasta la parte buena de un vídeo de Youtube de 33 segundos.”

“El mando a distancia estaba a un metro de mi alcance. En vez de ir a cogerlo, me decidí a descargar la aplicación de mando a distancia.”

“Una vez vi durante 2 horas un documental de antigüedades porque mi gato se quedó dormido delante del sensor de la televisión y no podía cambiar de canal.”

“Solía tener una de esas luces que se enciende y apaga con una palmada. Yo odiaba tener que dar palmadas, así que grabé el sonido de una palmada e hice que el audio se reprodujera con sólo darle a una tecla de mi ordenador.”

“Una vez, estando en un restaurante, me manché la mejilla con salsa de barbacoa. En lugar de levantarme e ir a por una servilleta, usé un trozo de pan para limpiarme y luego me lo comí.”

“Até la correa de mi perra a mi coche teledirigido y la paseé por delante de mi casa de ese modo. Todo esto estañado yo cómodamente en el salón.”

“Siempre caliento la comida en el microondas durante 1:11 o 2:22 porque soy demasiado perezoso como para presionar el botón de 0 antes de darle al start.”

“Una noche en la que estaba borracho y el baño demasiado lejos, meé en la caja de arena de mi gato. Como a la mañana siguiente no quería limpiarlo, tiré toda la caja a la basura.”

“Mi compañera de habitación y yo adaptamos nuestra habitación para gente perezosa. De esta forma, una era capaz de alcanzar la mini nevera y el interruptor de la luz desde la cama. Y la otra, la ventana y el calefactor. Jamás volvimos a pelear.”

“Comer la comida desde el envase para evitar tener que lavar platos. Odio lavar platos.”

“Pasé media hora intentando descargar un libro que había dejado en otra habitación.”

“Limpié las sábanas. No las volví a peoner en la cama hasta 2 meses después.”

“Compré un pack de 1000 platos y cubiertos de usar y tirar.”

“Mis platos sucios se estaban apelotonando y empezaban a oler mal. Me daba pereza lavarlos, así que los rocié con ambientador.”

“Una vez me caí de la cama y me dio flojera levantarme. Dormí en el suelo.”

“Llamé a mi madre desde la habitación de al lado para que apagara la luz porque estaba dentro de la cama y no quería levantarme.”

“Siempre que después que lavo y se seca mi ropa, la amontono toda en una silla por flojera a doblarla y organizar, así cada vez que me voy a vestir tengo que revisar toda esa masa de ropa hasta volverla a lavar.”

“Dormí en el sofá más incómodo que te puedas imaginar sólo por no moverme e ir a la cama.”

“A mi hermano una vez le entró sed y, según él, como la cocina estaba muy lejos, cogió el bebedero del hámster, desenroscó la botella y bebió de ahí.”

“Estaba en medio de un examen y estaba tan cansada y los enunciados y lo que tenía que escribir era tan largo que me daba pereza escribir. Al final me armé de pocas fuerzas y lo acabé.”

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“La pereza no es más que el hábito de descansar antes de estar cansado.” Jules Renard, escritor y dramaturgo francés.


Fuente: Internet/ http://bit.ly/1uB7wla

La pereza

Como hoy es dominguito por la tarde que escribir mejor sobre la pereza.

Esa fuerza invisible y sobrehumana que hace que nos quedemos “diez minutitos” en la cama (que luego se hacen más y llegamos todos tarde).

La pereza es una cosa mala, mu’ mala porque después nos hace sentir culpables: que si no he hecho los ejercicios que tenía que hacer, que si no he limpiado, que si no he hecho tal o cual cosa…

Este pecado capital es capaz de sacar el lado más vago que ninguna otra cosa; además cuando hace frío y estamos o con la calefacción o con el brasero (por quién no lo sepa es un objeto que se ponía antiguamente con carbón debajo de una mesa tapada, ahora es eléctrico y cuando llegas de casa o se te han puesto los pies congelados, los metes en el brasero cinco minutos y como nuevo, ¡oye!)

Por culpa de la pereza, se hacen auténticas barbaridades: que si le dices al hermano/primo pequeño que se levante a por el mando a distancia, que como no te ha dado tiempo a estudiar/hacer los ejercicios te quedas hasta las tantas para hacerlo, llegas a tarde a clase/trabajo, y qué decir cuando llevas mucho tiempo hablando por el móvil y estás tumbado, pues nada, nada, te lo pones encima de la cara y ¡dejas descansar la mano!

Hay días que te da pereza todo, levaantaarte, vestirte, despegarse del ordenador, ir a hacer la compra, limpiar o ir a tirar la basura!!

¿Quién se levanta con ganas, alegría y entusiasmo y dice “oh, si, mmm que ganas”, voy a tirar la basura ahora que hace frío en la calle? NADIE. (Si por favor alguien conoce o es ese nadie que me avise, le querré hacer una entrevista)

Cuando te entra esa vagancia, no hay tu tía, es que no te quieres mover y punto. Sea por lo que sea. Pero claro, después está ahí, tu cerebro (si no está igual de perezoso que tú, claro) que te dice: “Venga, ya, a levantarse, que tienes que hacer esto, esto, esto, esto, esto y lo otro” y ya el sentimiento de pereza y de culpabilidad empiezan una batalla y hay persona (creo yo que la mayoría) a la que, el sentimiento de culpa, le puede, le pesa más que la pereza (que ya es decir) y se levantan y se mueven.

A otros les basta un café. ¡Qué suerte!

Y esas películas eh… qué me dices de esas películas de las 16 de la tarde en la tele… vamos, es que eso es la máxima expresión de la gravedad. Y si le sumas que estamos en invierno y encima está oscureciendo… es que ya te puedes ir desquedando con quien habías quedado porque no te mueve nadie del sofá.

Cambiar el rollo de papel higiénico… HORROR!!

Pero después están esas casas en las que están dispuestos estratégicamente para que, estando sentado, sólo tengas que mover el brazo, abrir el armarito que está debajo del lavabo y ahí está el otro rollo. ESAS, esas son las casas que molan de verdad, no que te tengas que ir hasta la otra punta o que llames a alguien para que te lo traiga.

Yo no tengo perro pero se de buena tinta que muuuchas veces da tanta pereza pasear al perro que piensan “ojalá pudiera pasearse solo el perro” o ” a ver cuándo inventan una aplicación para poder pasear al perro”.

Subir las escaleras del metro y que se formen colas enormes, pero ¿yo? ¿subir las escaleras? Antes me suben a cuestas. O ir al gimnasio… No hay cosa que de más pereza que ir al gimnasio. Total está ahí, como no se va a mover, como ya lo tengo pagado…

La verdad es que no hace falta que hagamos un estudio en ninguna universidad para saber que a los españoles en general nos da mucha flojera ir al gimnasio.

Voy a contar una pequeña anécdota personal: desde que soy pequeña si se me cae al suelo y si puedo cogerlo con los dedos de los pies y cogerlo con las manos, lo hago. Obviamente se exime de ello la comida. Pero si lo que se ha caído un boli, un calcetín o algo que se pueda coger con los dedos del pie hago “clac” y lo subo a mis manos (también es que soy algo elástica). Para apagar la luz de la habitación, coger un libro y lanzarlo ahí a ver si hay suerte, así de veces.

Pero, ¿no dicen que la pereza agudiza el ingenio? Fijo que muchísimos de los inventos que conocemos fueron creados a raíz de la pereza. El ejemplo más obvio que se me viene a la cabeza es el mando a distancia, aunque los de publicidad y marketing lo llaman “comodidad y práctico” (también valen como sinónimos)

He aquí la PEREZA en su máximas expresiones:

En el próximo post publicaré anécdotas encontradas por la red de gente perezosa.

Y tú, ¿que es lo máximo que has hecho, o no, por culpa de la pereza?

“La pereza es la madre de todos los vicios, y como madre, hay que respetarla”. Refrán español